


TESTIMONIO
Fátima y Enzo: Gestar en escasez
Yo nací en Bayamo, provincia de Granma, en 1999. Era un contexto distinto, con las contingencias propias de una nación donde ya asomaban rasgos de decadencia. Hoy Cuba presenta una situación grave de pobreza alimentaria infantil. Pero la desnutrición comienza mucho antes: desde la gestación, porque las embarazadas estamos lejos de poder ingerir los alimentos necesarios en este período que es tan delicado.
La maternidad para mí es una bendición, a pesar de las circunstancias complejas que se viven en la Cuba actual. Claro que la vida cotidiana acá entristece ante un presente y un futuro inseguro, y muchas veces siento que los mejores hijos de la patria han dejado sus esperanzas en manos de Dios. Me hago muchas preguntas a mis 26 años: ¿alcanzarían dos salarios en casa para alimentarme durante el embarazo? ¿Cómo perseguir una lactancia y una alimentación dignas, para el desarrollo de mi bebé? ¿Se estabilizarían, al menos, los precios elevadísimos de los alimentos para un nivel de vida moderado como el nuestro?


Durante mi embarazo debía ingerir entre 46 y 50 gramos de proteína diarios: carne, pollo, pescado y mariscos; frijoles, lentejas; productos lácteos; verduras y vegetales, entre otros. Yo investigué todo, pero es una lista larga de alimentos que se han vuelto inalcanzables para la mayoría de las familias. Las madres cubanas vivimos un escenario de crisis que, en los últimos años, se ha traducido en una desesperanza increíble y eso influye también en la decisión de formar familia, de tener hijos. No sorprende que Cuba sea una de las poblaciones más envejecidas hoy día en la región.
Mi mayor reto fue tener que subir de peso para garantizar lo que los médicos llaman el desarrollo fetal. Subí, pero no lo suficiente. Comía lo que podía comprar a precios altísimos en el mercado negro, mayormente embutidos, picadillo de pollo, cosas procesadas. Y la situación sigue siendo agobiante: la búsqueda diaria de comida, la carestía de los hogares, y los largos apagones. Sin gas licuado, muchas veces no queda más alternativa que recurrir a la leña o al carbón; este último, carísimo porque hay mucha demanda. Para poder cocinar y alimentar a nuestros hijos, el sacrificio es permanente.
Yo di a luz hace siete meses. La lactancia materna exclusiva es muy exigente para las madres. Yo todavía tengo la hemoglobina baja y necesito una alimentación variada, sobre todo rica en carne roja, que es la que mejor aporta hierro al organismo, pero que me es casi imposible conseguir.


Los médicos dicen que el período entre el nacimiento y los 2 años de edad es una “ventana de tiempo crítica” para favorecer el crecimiento, la salud y el desarrollo óptimos. Las deficiencias nutricionales pueden tener consecuencias inmediatas sobre el desarrollo físico, mental y motor, y también efectos a largo plazo en la adolescencia y la vida adulta.
Mi bebé está teniendo sus primeras experiencias con la alimentación complementaria. La leche materna sigue siendo su alimento principal, pero a partir de los 6 meses es necesario introducir nuevos alimentos, variados, para satisfacer los requerimientos nutricionales. Aquí nos estamos sintiendo aún el impacto del huracán Melissa que acabó con las plantaciones. Por ahora, lo más asequible son las viandas: a veces compro malangas, calabaza o plátanos, según aparezcan. Carne, pescado, huevos o legumbres me resultan de muy difícil acceso por los precios.
El Estado, asegura que garantiza la alimentación infantil, pero en la provincia debe tres meses de leche en polvo para los lactantes menores de un año. Y las veces que la han repartido, ha sido de forma fragmentada: nunca completan lo que corresponde. La canasta básica normada, donde supuestamente se incluyen alimentos que un bebé de más de seis meses ya puede ir probando, es casi un recuerdo, no aporta nada, no existe. En estos ocho meses de maternidad, lo que ha llegado son migajas en comparación con lo realmente necesario para una alimentación adecuada.


Jamás pensé vivir lo que estamos viviendo. Toda madre quiere que su hijo crezca en un ambiente favorable y próspero. A veces lloramos a escondidas pensando qué será de nuestros descendientes, cuántas veces podremos asegurarles la alimentación necesaria, porque las necesidades de los niños pequeños son muy especiales.
Hace unos días estuve en una cola de feria agropecuaria desde muy temprano, con la esperanza de comprar viandas. Pero varias personas nos quedamos sin comprar. Fui testigo de discusiones: muchas madres reclamaban molestas los productos imprescindibles para sus hijos pequeños. Ahora se vive de donativos que entrega selectivamente el Estado. Si yo tuviera una mejor economía y autonomía para abastecer mi alimentación y la de mi hijo, no estaría tan pendiente de esas ayudas; pero hoy todos los cubanos estamos necesitados. Nadie rechaza un apoyo, y menos si es gratis.
Es una dura realidad la que nos han impuesto. Cuando me encuentro con madres amigas, el tema es el mismo: reina la preocupación, la incertidumbre, el deseo de hacer más de lo que se puede. Me entristece ver que no soy la única. Muchas madres han bajado de peso, como gran parte de la población cubana. Y es lógico: el cuerpo y la salud se deterioran ante situaciones tan duras. Los niños son un tesoro, pero están siendo marcados por carencias vitales; y las madres no nos conformamos con estas situaciones alarmantes. Esto tiene que cambiar, por ellos y por todos.
