


TESTIMONIO
Pescar para sobrevivir
El testimonio que presentamos a continuación recoge la experiencia concreta de una familia que, ante la ausencia de posibilidades reales, ha tenido que reorganizar por completo su vida cotidiana para poder subsistir. Esta familia de cuatro miembros vive actualmente en las afueras de la ciudad de Cienfuegos, en una zona periférica alejada del centro urbano y de los circuitos regulares de abastecimiento. La vivienda en la que residen no está legalizada. El acceso a la electricidad y al agua se realiza de manera informal, como resultado de la ausencia de respuesta institucional por parte de las empresas encargadas del servicio eléctrico y del abasto hídrico.


Se trata de una pareja con dos hijos pequeños en edad escolar. No reciben remesas ni cuentan con ningún tipo de ayuda externa. No tienen ingresos fijos. Él realiza trabajos ocasionales cuando aparece alguna oportunidad; ella se dedica a las tareas domésticas. En los últimos años, la precariedad material ha reducido progresivamente sus opciones, teniendo un impacto muy negativo en el desarrollo de sus hijos. Sobre este tema la madre nos cuenta:
Yo a veces no tengo que darles y más que todo al chiquito que no come casi nada, lo único con lo que podemos contar es el pescado y otras cosas que se cogen aquí; a veces camaróncitos, ostiones, jaiba (cangrejo azul de mar). (…) Cuando se coge suficiente para vender hay que salir de ellos rápido pues no tenemos frío (refrigerador) en la casa, entonces yo me pongo en la carretera así con ellos en la ensarta y los choferes que pasan lo compran porque allá (en la ciudad) está más caro (…) hace rato no comemos huevo ni carne y los niños no toman leche, a veces cambiamos pescado por unos huevos o por carne de carnero porque aquí en esta zona hay quien los tiene sueltos y a veces matan y uno les cambia por pescado o por camaroncitos.
En verdad aquí no se puede pescar porque dicen que es área protegida, pero ¿qué hago yo si no tengo que darles de comer a mis hijos? Igual tengo que mandarlos a la escuela todos los días y no puedo mandarlos con el estómago vacío. Nosotros no cogemos pan (se refiere a la cuota de pan racionado) porque no estamos en ninguna bodega y la casa la están legalizando, esa la levantamos gracias a esto y a que mi hermana me ayudó para que los niños tuvieran un lugar para vivir porque vivíamos agregados por aquí cerca, detrás del río. (…) Para comprar azúcar, arroz y sal hay que ir a la ciudad y con bastante dinero, porque allá todo es más caro. El aceite es lo más caro para nosotros, ya que no compramos carne porque es muy cara. Aquí no hay Mipyme ni nada de eso; lo que sí aparece es yuca, plátano y boniato, pero faltan muchas cosas y, cuando aparecen algunas cosas, son muy caras.
En la casa cocinamos con leña y a veces con carbón, cuando se hace un hornito de un par de sacos o cuando se compra, pero el carbón ha ido subiendo; por eso ya estamos cocinando con leña otra vez; no nos hemos muerto de hambre por esto (la pesca). ¿Cómo me van a decir a mí que no puedo pescar para alimentar a mis niños? (…) Ya nos han puesto tres multas, pero aquí vamos a seguir jugando cabeza, que es lo que nos toca, porque aquí nada va a cambiar. Hay días de meterse aquí la noche entera e irse con dos libritas de minuta que las preparo aquí mismo y hay menos, pero también te puedes ir en blanco (sin capturas). Cuando viene mucha gente, el pescado se pierde, pero ¿qué vas a hacer? Todo el mundo está para lo mismo.


La pesca como actividad informal comenzó para ellos como una respuesta directa a la falta crónica de alimentos. Pero para poder realizarla fue necesaria una inversión inicial. Al no disponer de dinero, vendieron bienes personales. Primero se vendió una bicicleta con la que se desplazaban y luego algunas herramientas de carpintería modestas. Con ese dinero compraron una atarraya de uso, que se convirtió en el principal utensilio para obtener alimentos.
Salen a pescar con regularidad, casi siempre juntos. Él lanza la red; ella ayuda a recogerla, desenredarla y clasificar la captura. La pesca no es constante. La zona se encuentra sobreexplotada y muchas personas dependen del mismo recurso. En algunos días regresan con muy poco o sin nada. Cuando la captura es mayor, una parte se destina al consumo familiar y otra se vende de manera informal para adquirir productos básicos como arroz o carbón o se cambia por alimentos. La economía doméstica se organiza día a día en base a esta actividad. No cuentan con refrigeración, por lo que el pescado se consume de inmediato o se vende.
