

Testimonio No. 48
Testimonio de un camaronero
El camaronero conoce cada rincón de la bahía, lo precisa para poder hacer bien su trabajo. Últimamente cada temporada está trayendo menos capturas que la anterior; la cantidad de personas dedicadas ocasional o regularmente a esta actividad, ha aumentado producto del hambre crónica y déficit alimentario que vive la sociedad cubana bajo el régimen de partido único.
Una buena jornada comienza levantándose a las cinco o seis de la madrugada. El desayuno es un trago de café mezclado con chícharos cuando hay. En su vieja bicicleta, obtenida en la década de los 90, por estímulo laboral, monta el jamo de fabricación casera que consiste en un rectángulo de tubo o cavillas soldados entre sí con una maya fina colocada detrás, donde queda atrapado el camarón o cualquier otra especie comestible como la jaiba o cangrejo azul de mar.
Algunas jornadas se prolongan durante buena parte del día y pueden alcanzar, según su estimación, unas doce horas entre desplazamientos, por diversos puntos de captura y esperas en momentos de calma o mucho viento cuando el camarón se entierra bien profundo en el fango del suelo marino. Evita trabajar bajo el sol más fuerte, aproximadamente entre las once de la mañana y las tres de la tarde, pero en muchas ocasiones no le queda más remedio. Después puede volver al agua y continuar hasta las seis o las siete.
Más Testimonios



Hay días de mayor captura y otros en los que apenas aparecen camarones. A veces recoge más jaibas, las cuales también aprovecha tanto para carnada, cuando son jaibas blandas, o para alimento familiar. Les extrae la carne luego de hervirlas para preparar un enchilado o combinarlas con arroz o harina. La composición de lo que lleva a casa cambia según lo que encuentre en el agua, lo que sí es importante es regresar con algo.
Los camarones se separan por tamaño y destino. Los más pequeños sirven como carnada y pueden venderse a otros pescadores. Según cuenta, una latica de leche condensada cuesta actualmente unos mil pesos. Recuerda que antes se vendía a cincuenta, hace apenas unos cuatro años, luego fue subiendo hasta llegar a este precio.



Los camarones más grandes se reservan para comer, vender o intercambiar por otros alimentos. La libra se comercializa en el mercado negro en estos momentos entre tres mil y seis mil pesos, pero no es fácil reunir la cantidad para una libra y es importante tomar en cuenta que la venta debe realizarse de forma discreta, pues el Estado ha prohibido la venta del camarón a los pescadores privados, reservándose el monopolio de este y otros mariscos de alta demanda como la langosta para sí mismo.
La captura del camarón, el jameo o acto de jamear, es en sí misma una actividad que demanda mucha energía corporal y precisa de tiempos de recuperación, La mayor parte del trabajo se realiza semi inclinado hacia delante y la espalda baja sufre lesiones regulares o dolores crónicos para los que no hay medicamentos disponibles. El esfuerzo se acumula en el cuerpo y por la noche, a la hora de dormir, los calambres y las contracturas son intensas. Sin embargo, el Estado prohíbe también cualquier forma de pesca de arrastre privado que incluya botes y otros aparejos que hagan el trabajo más fácil al pescador privado, por muy pequeña que sea su operación.



El camaronero también describe riesgos en los lugares donde pesca. En el agua encuentra vidrios, botellas rotas y latas que en varias ocasiones le han provocado heridas cortantes. Las jaibas y cangrejos pican con una fuerza notable, además de las llamadas levisas, cuya presencia está bien documentada como peligrosa por la toxina que contienen en su aguijón. Algunas ensenadas tienen aguas visiblemente contaminadas y en varios casos se observan las tuberías conductoras de aguas negras como desembocan directamente en la bahía sin ningún tipo de tratamiento. Trabajar en ese ambiente contaminado ya le ha causado enfermedades en otros momentos, pero ante la presión que ya se ejerce en la bahía por parte de otros pescadores igual de necesitados que él, no le queda más remedio que hacerlo.
Otro aspecto es que el jamo necesita reparaciones frecuentes por el uso. Mantenerlo en condiciones forma parte del trabajo, porque es el recurso con el que cuenta para seguir capturando. No dispone de una balsa ni del conjunto de implementos necesarios para otras modalidades de pesca. Dentro de sus posibilidades, recoger camarones y jaibas es la actividad más accesible. Requiere pocos medios, pero exige desplazamiento, tiempo, conocimiento del lugar y un esfuerzo físico considerable, además de lidiar con los peligros ya descritos y la vigilancia permanente de las autoridades que, en vez de regular este tipo de pesca, optan por la prohibición tajante.


En su opinión, no ve mejoría en el futuro cercano, siente que la sociedad ha tocado fondo como el crustáceo que le ayuda a ganarse la vida, pero en el caso de Cuba no “hay nadie que nos haga salir de este atolladero”. Ese es el estado de ánimo observado entre muchas personas de su generación que sienten que lo dieron todo en el pasado para lograr una vejez digna y ahora viven en la precariedad, exponiéndose a trabajos que son una mera forma de supervivencia en medio del colapso socioeconómico del país. En estos momentos, es muy probable que el camaronero se encuentre con el jamo en la mano, la espalda doblada y los ojos clavados en el agua en busca de su pan de cada día; ya no espera nada del futuro, el futuro que le prometieron en su juventud es hoy. Ahora solo pesca y sobrevive un día más.

.jpeg)



